El incremento del consumo de antibióticos ya no es solo una cuestión regional. La reciente información publicada por El Mundo de Castilla y León revelaba que en Castilla y León la dispensación creció un 40,6 % en cinco años, pasando de 963.039 envases en 2021 a más de 1,3 millones en 2025. Un repunte que los profesionales atribuyen al envejecimiento poblacional, la cronicidad y la polifarmacia.
Los expertos señalan varios factores que explican esta situación: una población más envejecida, una mayor prevalencia de enfermedades crónicas, el mayor seguimiento desde Atención Primaria y un acceso más protocolizado al sistema sanitario.
Sin embargo, también advierten de un componente cultural en el uso de los antibióticos. La automedicación, la conservación de tratamientos sobrantes en los hogares o la interrupción prematura de los tratamientos favorecen su uso inadecuado.
Este mal uso contribuye directamente a la aparición de la resistencia bacteriana, una de las principales amenazas actuales para la salud pública. Cuando las bacterias desarrollan mecanismos de defensa frente a los antibióticos, infecciones comunes se vuelven más difíciles de tratar y más peligrosas que en su origen.

España, entre los países con mayor consumo en Europa
Pese a los esfuerzos realizados, España sigue liderando el consumo de antibióticos en Europa. El Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN), coordinado por la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios, ha tenido un impacto positivo en el ámbito hospitalario, donde se ha reducido el consumo.
Sin embargo, en el ámbito extrahospitalario el comportamiento es diferente: en farmacias comunitarias el consumo ha pasado de 1 millón a 1,3 millones en cuatro años, lo que supone un incremento del 30%, una cifra que refleja la magnitud del desafío.
El papel de la cultura sanitaria y las diferencias internacionales
La comparación internacional muestra diferencias relevantes en la cultura sanitaria. En países del norte de Europa, la población tiende a ser más paciente y menos demandante de antibióticos, mientras que en España existe una mayor presión para recibir tratamiento inmediato.
En Japón, por ejemplo, el consumo de antibióticos es de los más bajos del mundo, gracias a un fuerte control en la prescripción y dispensación, y a una mayor conciencia preventiva.
En otros países también se han aplicado medidas más restrictivas o protocolizadas. En Reino Unido, por ejemplo, se permite la prescripción por farmacéutico en infecciones menores, pero bajo protocolos estrictos. En los países nórdicos o en el modelo americano, se apuesta por la dispensación de dosis exactas para evitar sobrantes, reduciendo así el riesgo de automedicación posterior.
Innovación y herramientas disponibles
Existen además herramientas que podrían reforzar el control del uso de antibióticos, como los test rápidos en farmacia para patologías como la infección de orina. Estas pruebas permiten afianzar el consejo farmacéutico y evitar consultas y solicitudes innecesarias, contribuyendo a un uso más racional de los tratamientos.
Consecuencias de un uso inadecuado
El impacto de la resistencia a los antibióticos ya es una realidad grave. En España, se estima que mueren alrededor de 24.000 personas al año por bacterias resistentes, una cifra superior a la de los accidentes de tráfico. Las proyecciones apuntan a que podrían alcanzar las 45.000 muertes en 2050, superando incluso a las muertes actuales por cáncer.
Además, las consecuencias no se limitan a la mortalidad. Cada vez es necesario recurrir a antibióticos más potentes para infecciones básicas, lo que complica los tratamientos. También se observa un impacto en la salud general, con un aumento de enfermedades crónicas y alteraciones metabólicas derivadas de la afectación de la microbiota intestinal.
Incluso procedimientos médicos habituales o intervenciones quirúrgicas sencillas pueden conllevar más riesgos debido a la pérdida de eficacia de los antibióticos.
Posibles soluciones: coordinación y responsabilidad compartida
Los expertos coinciden en que la solución pasa por una mayor responsabilidad profesional y una mejor interconexión entre todos los niveles del sistema sanitario.
Es necesario reforzar los protocolos de uso racional de antibióticos y seguir desarrollando el PRAN, orientándolo de forma más decidida hacia la farmacia comunitaria, que desempeña un papel clave tanto en la dispensación como en la educación sanitaria de la población.
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